En esta página, vamos a ir añadiendo diferentes relatos que conforman uno de los próximos números de los folletos de solidaridad que editamos. Sirva este adelanto para ir abriendo boca. Son relatos escritos por misioneros y por gentes de allá. Si deseáis volver a la página inicial, podéis pinchar en la flecha.

Zacarías por Begotxu de la Torre. Montalvo (Los Ríos)
El misionero seglar. Fe en la Providencia por Jesús Zalbidea Arenillas (El Oro)
Padrecito ¿usted es rico? por José Luis Casla Bahía de Caráquez, (Manabí)
¡Es Navidad en Angola! por Mariví Lecea Luanda (Angola) 
Digna por Puri Biain. Montalvo (Los Ríos)
¡Cómase la gallinita! por Juan Carlos Pinedo San Isidro (Manabí) Ecuador
Haciéndome la cojudita por José Antonio Chávarri Huaquillas, El Oro (Ecuador)

Una bella historia de amor por Pili Larizgoitia Quevedo, Los Ríos (Ecuador)

 

 

 

 

 

 

ZACARÍAS

 

Begotxu de La Torre

Montalvo, Los Ríos (Ecuador)

     Hay una historia que, por ser tan sencilla, está grabada en mi memoria como una sensación de alegría aunque es la historia de una muerte. Os la voy a contar.

           Una tarde que estaba sola en Montalvo vino a buscarme Jorge Luis, un colaborador médico y gran amigo, para pedirme que llevara con urgencia a Zacarías al hospital de Babahoyo. Me dijo que vivía sólo y no tenía dinero para fletar un carro así es que me puse en camino como hacíamos tantas veces. Pero esta vez fue distinto pues íbamos los dos solos sin familiares que lo acompañaran.

              Llegamos al hospital conversando y conociéndonos un poco y en urgencias nos atendieron de inmediato, me mandaron a buscar hielo y al volver del mandado vi que Zacarías estaba tumbado en la camilla y que había fallecido sin que nadie se percatara de ello. ¿Qué hago ahora?. ¿Cómo me lo llevo a casa de vuelta?. Fui corriendo a pedir ayuda a Nela que era la experta en estas situaciones y con ella conseguí algo parecido a una caja de frutas en versión féretro, cambié mi jeep por una pickup, y con mi Zacarías en el balde me volví para Montalvo.

                   El viaje de vuelta fue un ejercicio en solitario de improvisación. Como era ya de noche y sabía que no tenía familia pues pensé en poner la caja en la sacristía, hacerle un rezadito y dejarlo al cuidado de la iglesia hasta el día siguiente que buscaría al enterrador y tras un funeral "privado" lo llevaríamos al cementerio.

               Al llegar dejé el carro en el garaje, con Zacarías a bordo no lo podía dejar en la calle, y me fui a contarle a Jorge Luis lo ocurrido. Él no se asombró demasiado pues conocía la gravedad del caso pero me hizo acompañarle al barrio donde vivía Zacarías para decírselo a los vecinos. El lugar era pobre y la casa de Zacarías un cuartito pero la reacción de los vecinos fue grande y toda la calle se convirtió en una gran casa. Descolgaron una puerta y con dos taburetes hicieron un catafalco para poner la caja que por supuesto forraron con una sencilla tela por dentro y por fuera. Vistieron el cadáver con su mejor camisa y pantalón. En unos momentos convirtieron lo que parecía pobre y triste en algo vivo y bello. Encendieron luces de keroseno, hicieron café y buscaron unas galletas para acompañarlo.

                   Aquella noche, sola en casa, no podía acabar de creer la demostración de solidaridad y hermanamiento que acababa de presenciar. Aquel velatorio fue tan entrañable que se me ha quedado grabado en ese lugar donde se guardan las imágenes imborrables.

 

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EL MISIONERO SEGLAR, FE EN LA PROVIDENCIA

 Jesús Zalbidea

Arenillas, El Oro (Ecuador)

             Soy Jesús Zalbidea Alcibar. Sacerdote. Párroco de Arenillas, El Oro. Llevo un año pasadito en el Ecuador y creo que por primera vez, en mucho tiempo, me siento triste. 

            Son los primeros días del mes de enero del año 2002.

             El matrimonio Ernesto Izaga y Pili Abad, están ultimando los preparativos, para se regreso a Euskadi: pasaportes, pasajes... Prontito, harán las maletas y su estancia y su vida en Ecuador, habrá terminado. Ernesto lleva 23 años trabajando en este país. Pili 15. Tienen dos niñas: Shuyana de tres años, Amalur de once meses. Ambas han nacido en esta tierra. Pensaban continuar su labor aquí hasta mediados del año 2003. Ernesto y Pili tienen cincuenta y treinta y seis años respectivamente y se sentían jóvenes... hasta hace poco.

          

       Él, y de este hace muchos años, tenía 27, cuando pisó esta bendita tierra. Era sacerdote. Había nacido en el pueblecito alavés de Sarria. Estudió en el Seminario de Vitoria. Ordenado presbítero, trabajó dos años en la zona pastoral de Araya.

             La Buena Noticia de la Bondad de Dios para con todos los hombres y mujeres, en la que cree ciegamente, le lleva a querer comunicarla personalmente a gentes de otros países, que seguramente la necesitan más que los alaveses de Araya. Lo deja todo y se viene al Ecuador con el Grupo Misionero Vasco.         

Shuyana

 

       Durante muchos años, con sus compañeros misioneros, "patea" noche y día diversas parroquias de Manabí y Los Ríos. Camina. Cabalga. Conduce. Lucha por rescatar, a partir de la Palabra de Dios, la dignidad humana de personas que se sienten pisadas por la vida. Promueve el análisis de la realidad, a nivel personal, social y político, para conseguir personas que no se dejen manipular. Crea grupos organizados y Comunidades Eclesiales de Base que en continua acción y reflexión, intentan transformarse y transformar la realidad. Pone en funcionamiento granjas y tiendas comunitarias, con el objeto de hacer producir y administrar mejor, los escasos recursos de los pobres. Forma catequistas. Atiende a enfermos. Celebra la Fe de la comunidad en innumerables misas, en distantes y humildes recintos. Reconcilia a personas entre sí y con Diosito. Así 17 años.

             También vive en el Ecuador por esos años, la misionera seglar vitoriana, Pili Abad. Lleva 9 en el Grupo Misionero Vasco. Trabajadora infatigable. Promotora de DD.HH. y Pastoral Social. Cursos y talleres de alimentación. Innumerables labores de acompañamiento en la salud a todo tipo de personas. Luchadora por la dignidad de la mujer. Y en todo caso sus preferidos los pobres: Ella, no ha recorrido tantos miles de kilómetros, dejándolo todo, para perder el tiempo con personas que de verdad, no la necesitan. Hace de todo. Menos celebrar la Eucaristía  y el Sacramento del perdón.

             Ernesto y ella se conocen. Se enamoran. Se casan. Él tiene 44 años. Ella 30. Están con lo puesto.

             La situación de Ernesto de sacerdote casado, no es contemplada como propia del misionero diocesano, y con profundo dolor, después de tantos años de acción pastoral conjunta, con personas que conocen y consideran compañeros inseparables, tienen que romper el trabajar con ellos.

             ¿Qué hará esta pareja? ¿Volverá a Euskadi, puesto que ya no existe el cordón que les une al Grupo Misionero Vasco y buscará el pan y la seguridad para sí y su familia? O ¿intentará establecerse aquí mismo, dada su preparación y su capacidad para relacionarse con unos y con otros? ¿Quién hubiera podido recriminarles nada? ¿no es esto, lo que casi todos hacemos?

             Ellos no.

             Ellos confían en la Providencia. En el Dios a quien predican. Les puede el amor y la compasión a esta gente que tan bien conocen y tanto aman. Siguen trabajando de misioneros. Lejos de sus hermanos vascos. En la Diócesis de Riobamba. Provincia del Chimborazo.

             Pasan cuatro años.

             Por su labor bien realizada y debido a que los compañeros misioneros vascos no les olvidan, son readmitidos en el Grupo Misionero Vasco. Trabajarán en la Provincia de El Oro.

             Ya les ha nacido su primera hija: Shuyana. Esperan a la segunda, Amalur.

             En septiembre del 2001, comienzo yo, sacerdote que a los 62 años comete la temeridad de venir a misiones, a integrarme en el equipo que en Arenillas lo forman Ernesto, Pili y Elena Fernández de Castillo (otra misionera seglar alavesa). Comienza mi aprendizaje de ser sacerdote en el Ecuador. La dedicación y el trabajo de mis compañeros son admirables. Su conocimiento de la misión, también. Estamos viviendo juntos. En familia. Todo es increíblemente bonito con ellos.

             Y fácil. Estoy entusiasmado.

             Un buen día se comenzaron unas obras de adecentamiento en la Casa Comunitaria: centro de reunión de las Comunidades Eclesiales de Base de Arenillas, Huaquillas, Santa Rosa y Las Lajas. Ernesto que quiere estar en todo, echa mano de un saco de comento, y en un mal movimiento, se le produce una doble hernia discal. Después de meses intentando la recuperación, su enfermedad empeora. Según los especialistas de aquí, no tiene operación que le cure. Difícilmente se mantiene en pie. Menos puede coger a sus hijitas en brazos.

             Ernesto y Pili, están ultimando los preparativos para su regreso a Euskadi. Ahora sí, a rehacer su salud... y su vida.

             Elena y yo no podemos alejar de nosotros un sentimiento de preocupación y tristeza. Ojalá no se nos caiga encima la enorme casa que es el convento parroquial.

             Querido/a lector/a, aquí termino mi relato. Pero la historia continua. Ahí. Cerca de ti. En el pueblecito Sarría de Araba. Si quieres, puedes conocer a Ernesto. A Pili. A Shuyana. Y a Amalur. Y a través de ellos, un mundo y una tierra que es de Dios, pero que algunos piensan que es suya y maltratan. A través de ellos, podrás también conocer a unos hombres y unas mujeres, que lejos de ti, ríen y lloran, cantan y bailan, sufren y callan, trabajan y luchan, soñando que algún día, todos los hijos e hijas de Dios, poseerán, también la tierra.

 

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PADRECITO, ¿USTED ES RICO?

 José Luis Casla

Bahía de Caráquez, Manabí (Ecuador)

            La verdad es que uno tiene sus pequeñas experiencias acerca de cómo ha ido aprendiendo las cosas, que no siempre coinciden con la manera como te las han querido enseñar.

             Hay recuerdos que a uno le acompañan, por ejemplo en el aprendizaje de las cosas de Dios, que aunque por delante, siempre te dicen, que Dios es un misterio, a la hora de la enseñanza, descubres que los "enseñadores" han acentuado tanto los puntos concretos, que al final si no te aclarabas el misterio, era porque no distinguías bien la diferencia entre lo que decía Cayetano y Ripalda. Como que Dios estuviera allá...

             Afortunadamente, la experiencia de Dios te va llegando por otros muchos caminos.  Sin duda alguna, que el paso por las Misiones Diocesanas en Ecuador, que es la experiencia de la que puedo hablar, ofrece oportunidades a montones, en este sentido.

             Y si algún matiz especial pudieran tener las experiencias vividas en ese entrañable pueblo, sería sin duda alguna, la del Dios de los pobres, que irrumpe en las vidas de todos los que allá quieren compartir su fe, con tantas personas sencillas con las que te encuentras.

             Ese Dios no está encasillado en nada ni en nadie, como no lo estaba el Dios de los estudios, en la diferencia entre Cayetano y Ripalda. Yo lo he visto en el rostro sonriente de tantos niños y niñas que formaron parte durante años, de mi propio caminar de fe, emergiendo a través de tanta pobreza y necesidad, sorprendiéndome con sus preguntas y sus afirmaciones.

             Y una frase de estos niños, en ocasiones, era un repaso profundo a todo un tratado de teología.

             La pobreza y la riqueza, se convierten allá, más que en ninguna otra parte, en elementos radicales pero desproporcionados, de esa realidad social, cultural y humana, con la que nos encontramos, todos los que llegamos desde fuera.

             Y alguien dijo, que son los pobres los que nos evangelizan. Y en mi opinión, acertó.

             Y alguien quiso poner límite a esa evangelización, exigiéndoles pasar por la comunidad. Y en mi opinión, se equivocó.

             Los pobres estaban allá, antes que llegáramos nosotros, siguen estando allá, y según Jesús, seguirán estando allá después que nos hayan evangelizado a nosotros.

             Pretender que los que nos evangelizan, son los de la comunidad de arriba o la de abajo, los que se apuntan a las reuniones o no, es tratar de volver a poner en Cayetano y Ripalda, el meollo de la cuestión.

             Y he querido contar todo esto, para poder explicar el contexto en el que sucede,  una de esas dejaditas al ancho, con las que Dios  sabía jugar sus encuentros.

             La Catequesis en mi parroquia, se iniciaba a las tres de la tarde. Desde media hora antes, iban llegando los niños y niñas que llenarían los grupos. Era media hora de algarabía y de auténtica invasión, donde la hamaca, las sillas, las mesas, eran acaparados por los primeros en llegar. La única norma que hacía respetar, era evitar las peleas. Y no siempre lo conseguía...

             Cuando no alcanzaban a ocupar la hamaca, porque otros habían llegado antes, o las sillas estaban ya con un 200% de ocupación, a veces eran mis brazos, mis manos, el objeto de su acaparamiento. Mis esfuerzos por soltarme, solían resultar infructuosos a no ser que el intento fuera acompañado de una "supuesta necesidad": Que tengo que coger ese libro... que voy a poner esto en el cajón... etc.

             Uno de esos días, uno de mis brazos fue acaparado por una chiquita de 8 o 9 años. Lo había conseguido para ella sola, y apretaba para no perderlo...

             Y en eso me dice: Padrecito, Ud. es rico ¡?

             No supe acertar si era pregunta o afirmación.

             Opté por entenderlo como pregunta, aunque aquello sonaba a pregunta de examen...

             Nooo... Cómo va a pensar... Qué voy a ser rico...

             Y empezaron mis argumentos.

Vea. Esta casa no es mía. Es para que vivan los padrecitos, sea el que sea, y cuando yo me vaya, aquí se quedará.

             Lo mismo pasa con el carro. Ese carrito que está a la puerta, tampoco es mío. Es para que el padrecito que esté aquí, pueda ir hasta todos los lugares donde hay otros niños. Cuando yo me vaya, también se quedará aquí.

             Y no digamos nada. La Iglesia no es mía. Es de todas las personas del pueblo para poder rezarle a Dios. Yo estoy encargado de cuidarla, pero no es mía...

             Tampoco tengo plata. Las limosnas de la gente no son para mí. Son para poder comprar las cosas que hacen falta en la Iglesia...

             Ya ve, no tengo tantas cosas...

             Me entendió o no, quién sabe, porque ella insistió:

             Pero Ud. es rico...

             Ya no sonaba tanto a pregunta. Ya era decisión tomada. Yo era rico, sin derecho de apelación.

             Pero bueno era yo para resignarme en aquella pelea, sin saber que la tenía desde el comienzo perdida.

             Que no... que yo no soy rico... que todas estas cosas no son mías... que aunque parezca lo contrario, todo esto no es mío...

             Sí... pero Ud. es rico... porque tiene dos camisas. Ayer cargaba una verdecita, y hoy tiene una cremita...

             Y apretando un poco más mi brazo, añadió:

             Y es mi amigo, verdad?

            ... (muchos puntos suspensivos).

 

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¡ES NAVIDAD EN ANGOLA! 

 Mariví Lecea

Luanda (Angola)

África  no es la tierra de las moscas y de las legañas, de la sed y de la miseria. Es verdad que su rostro está curtido por el dolor, pero en sus ojos se refleja la profunda grandeza de su espíritu.

           Son diversas las miradas que se fijan en ella. Mientras unas ven hombres y mujeres laborios@s, alegres o nostálgic@s, otras, en cambio, ven personas cuyo semblante está marcado por la crudeza de la vida llevada casi hasta la locura. Hay quien ve ríos, selvas y desiertos de película, pero también en ella se presencia el devastador efecto del egoísmo del ser humano en la naturaleza. Y, en medio de todo, se ve su luz, una luz que recorre el continente africano de punta a punta, iluminando todos sus rincones, descubriendo y transformando sus pertenencias.

          Todo lo que África ofrece – el contraste entre largos y caudalosos ríos y extensas y muchas veces cuarteadas llanuras, frondosos bosques y selvas salpicados de variopintos animales, desiertos peinados de dunas, misteriosos y espectaculares lagos sobre los que se suspende la bruma, músicas que transforman en sonidos las raíces más profundas de sus etnias, danzas con movimientos rítmicos que le toman el pulso a la vida, cuentos y leyendas narrados con auténtica maestría durante largas veladas en las que l@s oyentes escuchan, sentad@s al calor de una hoguera, con sus caras atentas y expectantes iluminadas por la luz del fuego,… -, todo esto lo lleva África con orgullo en su frente.

          Para conocer África hay que regresar a sus orígenes, remover sus entrañas y, sobre todo, acercarse, caminar y escuchar la vida de sus gentes. Por eso, hoy os invito a que cerréis los ojos y viajéis conmigo.  Pongamos rumbo al sudoeste del continente africano y trasladémonos mentalmente hasta llegar a nuestro destino, uno de sus países más emblemáticos: Angola.

      Allí nos espera al protagonista de esta historia. El primer nombre que escucharon sus oídos fue "Fermín", aunque sus nuevos padres se lo cambiaron a los pocos días de nacer.

Su estreno por este mundo fue un tanto tortuoso, pero él mismo se va a encargar de contárnoslo: 

"Amanecía un nuevo día.  Era el 16 de diciembre del año 1999  y parece ser que por fin me había decidido a dejar la comodidad y seguridad de ese vientre cuyo rostro nunca llegué a ver.

 No sé exactamente cómo fue mi nacimiento.  Algo que sí sé es que mi historia comenzó cuando llegué al mundo entre un montón de basura, en un barrio periférico de la ciudad de Luanda, la capital de Angola.  Ignoro también cuáles fueron las circunstancias que condujeron a que mi debut en esta vida se produjese en uno de los escenarios más atroces e inhumanos de la Tierra:  un insalubre y hediondo vertedero de suburbio, que normalmente marca un destino final, el de los  despojos de las cosas, y no un principio, y menos que nada el de un ser humano.  No sé si algún día llegaré a entenderlo o, si lo hago, si la vida me enseñará algún día a justificarlo. 

Ya véis que conozco el "cuándo" y el "dónde", pero también sé que lo más probable es que nunca llegaré a saber el "cómo" y el "porqué".  Y, por encima de todas las cosas, tampoco lo más importante: " quién".

     ¡Cuántas preguntas me gustaría haberle podido hacer a mi madre desconocida, a aquélla que me engendró y que me llevó en su seno durante nueve meses!:

  …¿Quién eres? ¿Vives cerca de mí? ¿Cuántos años tienes?… ¿Por qué me abandonaste y me dejaste allí como si fuese un desperdicio?…

 …¿Quién es mi padre? ¿Cómo te llevas con él, si es que te llevas? ¿Le quieres? ¿Tengo herman@s?… ¿Por qué lo hiciste?…

  … ¿Sufriste mucho? ¿Qué pasó exactamente?¿Te obligaron? ¿Fue por vergüenza?  ¿Fue por falta de dinero?… ¿Por qué me tiraste como a un desecho?…

 ... ¿Por qué no querías ser mi madre? O,...¿ en el fondo sí que querías serlo? ¿Piensas alguna vez en mí? ¿Desearías que todo hubiese sido diferente? Seguro que sí, y yo también.

 ... Y ¿sabes? A mí no me hubiese importado que fueses pobre, o que la vida fuese dura contigo y conmigo, con nosotr@s.

 ... Yo tan sólo quiero tu cariño. Seguro que te hubiese entendido y que junt@s, mucho o poco tiempo, habríamos sabido darnos ese amor de madre y de hijo...

 ... Mamá, estés donde estés, yo te perdono y... te quiero.

 Así que, como os cuento, como quien no quiere la cosa, aparecí entre la basura. Mi cuerpecillo recién abierto al mundo comenzaba a sentir la dureza de la vida con la que empezaba a enfrentarse. Allí estaba yo, en la más fétida de las soledades, rompiendo la pestilencia con mis sollozos, que reivindicaban el derecho a vivir y el derecho a ser amado.

 Mi llanto debió ser muy alto y persistente, porque logró elevarse por encima de esa enorme inerte marabunta de desperdicios y encontrar ayuda.  Sí, alguien me oyó.  Sí, alguien con rostro de mujer y entrañas de misericordia hizo un alto en su camino y se acercó para examinar de cerca aquello que se movía entre la basura y que parecía tener vida.  Sí, alguien que, al verme allí abandonado e indefenso, me salvó cogiéndome entre sus brazos.

 Las siguientes horas del prólogo de mi vida se sumergen de nuevo en otra de sus etapas difusas.  No recuerdo detalles concretos, pero sí una reconfortante sensación de calor. No me refiero al calor físico del ambiente, sino al calor que irradia de gente como Isabel, esa señora que trabajaba en la policía y que, al verme, había decidido llevarme a un centro de salud para que me diesen los primeros auxilios.

 Fuimos junt@s hasta Precol, uno de los barrios de Luanda,  concretamente a la Parroquia de "Nª Sª das Gra¸as", donde el grupo de Misiones Diocesanas Vascas lleva trabajando muchos años.

 Allí me encontré con cariño y atención por todos los lados. A veces es muy difícil poner palabras a ciertos sentimientos y emociones.  Parece como si el lenguaje, tanto el oral como el escrito, en vez de ayudar, limitasen demasiado su contenido.  Estoy seguro de que tod@s habréis tenido experiencias que seríais incapaces de transmitir verbalmente. Hay ciertas situaciones en la vida que hay que vivirlas para entenderlas.  Este es mi caso aquí.  Sin embargo,  de alguna manera quiero tratar de transmitir ese cúmulo de sensaciones, llenas de tanto y tan rico, que sentí.

 Os cuento una anécdota de aquel primer día de mi vida.  No sé exactamente porqué, pero recuerdo de manera especial unos brazos que me sostuvieron durante unos instantes, los de una misionera que trabajaba en ese centro de salud.  Sentí su mirada profunda llena de una mezcla de dolor e impotencia. Unas lágrimas querían asomar por aquellos ojos que de alguna manera intentaban entender el absurdo del desamor en esta vida. No buscaba un culpable, tampoco juzgaba. Sólo sentía, y su corazón se comprimía acongojado ante otra de tantas situaciones de injusticia que toca vivir sobre todo a l@s más pobres, a l@s más indefens@s. Pero, en medio de todo, yo sentí su Amor hecho Calor, hecho Caricia, hecho Beso, hecho Palabra,...

 Aquella tarde mi vida dio otro giro y encontré a la que sería mi verdadera familia. Isabel, la mujer que me había asistido llevándome hasta la Misión, había vivido en este último año el dolor que conlleva la pérdida de un hijo. En su caso, ni siquiera había tenido tiempo de verle nacer.  No había visto su carita, ni tampoco había escuchado el sonido de su llanto.  Desconocía el regalo de su sonrisa. Esos últimos meses habían sido especialmente duros para ella y para su marido.  En África, quizá de manera especial, cada hij@ que nace es una bendición de Dios. Para unos padres no debe haber dolor más grande que el de ser testigos de la muerte de un/a hij@.

 Así que, a pesar de llevar la carga de este triste acontecimiento sobre sus espaldas, ambos vieron a ese hijo que nunca conocieron reflejado en mí y de nuevo sus corazones volvieron a latir con alegría.  En cuanto a mí, ¡qué suerte tuve!, ¿no creéis?. Me ofrecieron la posibilidad de tener una madre, un  padre, un hogar: su hogar. Se trataba de una familia sencilla en un barrio pobre, donde las condiciones eran precarias. Sin embargo, nada de eso supuso impedimento alguno para esta pareja a la hora de ofrecerme formar parte de su familia.   Al contrario, todo fue acogida, ilusión, bienvenida y acción de gracias. 

 Y así, en un mismo día, la vida me volvió a ofrecer una nueva oportunidad para nacer, pero esta vez en un mundo que hablaba de Amor."

 Los días fueron pasando y se acercaba la Navidad, unas fechas que gracias a Fermín recobraron todo su sentido, pues él encarnaba perfectamente a ese Niño Jesús que continúa en nuestros días haciéndose pequeño y eligiendo a l@s más pobres entre l@s pobres para volver a nacer.

¡FELIZ NAVIDAD!

 

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DIGNA

 Puri Biain

Montalvo (Los Ríos) Ecuador

    Digna era muy jovencita, única hija mujer en una familia de cuatro hijos varones. La mamá, Maura, vivía en la Ciudadela “Campoelías Peñaherrera” de Montalvo, provincia de Los Ríos, Ecuador. Ironías de la vida: nada tienen que ver las ciudadelas acomodadas de las grandes urbes con estas otras hechas de casas de caña, algunas de cemento, ninguna comodidad y muchos niños en la calle, aunque se llamen igual. Félix, el papá, vivía en el recinto de “La Nena”, en un lugar apartadito, no junto al carretero.

   Digna fue catequista en un grupo muy mixturiadito donde había personas desde los 15 hasta los 60 años de edad o más. La recuerdo sonriente, entusiasta y con ganas de salir adelante y aprender. Durante la semana acudía a las clases nocturnas del colegio.

    Le propusimos que colaborara en el dispensario parroquial y muy pronto aprendió a hacer análisis de heces, lo que nos permitía, el mismo día de atención al paciente (domingos por la mañana), conocer el resultado de los mismos y poner el tratamiento adecuado. Cuando pienso en los métodos y medios tan rudimentarios de los que disponíamos y lo eficaces que resultaban para atajar algunos problemas graves de parasitismo no puedo por menos que comparar las vueltas que hay que dar aquí para obtener un resultado que, con suerte, puede ser el tuyo.

                     

Digna con el grupo de catequistas. Es la segunda desde la izquierda

   Un día me dijo que quería hablar conmigo. Lo hicimos. Con su sonrisa habitual y un poquito de recelo me contó que estaba embarazada. El enamorado era un evangelista. Era como si me estuviese pidiendo disculpas por lo que le ocurría y por quién era el papá de la criatura. Le dije que, a mi personalmente, lo que me importaba era que se quisieran y fueran felices. Me dijo que había decidido ir a vivir con su papá (Félix) a “la Nena” para no dar que hablar. Y allí se recluyó. La visité al cabo de algunos meses. Fuimos Begotxu (Begoña de la Torre) y yo. Llevamos algunas cosas para el bebé y para ella. La encontramos “piponita” y bonita.

   Digna sufría de preeclansia. Eso lo supe después. Las madres muy jóvenes tienen un riesgo alto de desarrollar preeclansia. Esta enfermedad aparece en mujeres con hipertensión o transtornos vasculares. Si no se trata progresa de forma súbita a eclansia y es fatal. Pueden darse crisis convulsivas o coma después del parto.

   Si Digna hubiera tenido los controles médicos que yo tuve cuando estuve embarazada de mi hija seguramente el resultado hubiera sido muy otro.  Pero Digna no era digna de tener esa atención sanitaria, quizá porque tuvo la poca fortuna de no nacer en el lugar adecuado y en el monte donde se ocultó, alimentó y conoció a su hijo en su vientre, pero no lo llegó a ver.

Giovanni, ya de joven, con un sobrinito

   Digna entró en coma y murió en el hospital de Babahoyo. La velamos en su casita de la “Campoelías”. Ella estaba en la entrada de la casa y Giovanni (su hijito), todo enfajadito, dormía en la habitación contigua.

   No recuerdo por qué el día del funeral yo estaba sola en la parroquia y me tocó oficiarlo. Sé, y así lo recuerdo,  que lo pasé muy mal. Quise hacer algo bonito y no sé si lo logré.

   Maura, su mamá, seguramente para despistarse de tanto sufrimiento, perdió la “olla” y al tiempito fue a reunirse con Digna.

   Giovanni se crió en “La nena” con su abuelo Félix después de la muerte de Maura.                   

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¡ CÓMASE LA GALLINITA!

Juan Calos Pinedo

San Isidro (Manabí) Ecuador

   I

    Tenía yo ese día una prisa endiablada, porque quería cumplir todos mis objetivos. Ya estábamos a media tarde, eran las cuatro y media, pero teníamos que llegar a San Isidro para las siete: nos esperaban para una reunión. Tampoco me parecía bien dejar de visitar a esa familia tan risueña, que parecía muy apropiada para entrar a la Comunidad eclesial de base. Pero, entrar, saludar, invitar a la reunión y salir!. Nada más!. El tiempo apremia. Eso iba pensando yo por el camino, mientras iba a la par de Yolanda, una misionera más joven y más tranquila. Como ella era peruana y conocía la forma de vivir, pensar y actuar del costeño, me ponía una cara que podía entender yo como sí, pero que era no.

 - Señora!. Señora Katty!. Venimos a visitarles. Tenga cuidado con los perros!

    Esas casas del campo, aisladas, entre cafetales, necesitan de los perros para avisar de cualquier llegada y para defender lo poco que se tiene. Por eso, todo misionero debe llevar en su mano un palo que le ayude a dominar a los perros que salen a pedir el carnet de identidad.

-  Pasen, pasen!. Suban hasta aquí arriba. Pensábamos que quizás no llegarían a mi casita, tan lejos, porque se les ha hecho muy tarde. Ya que han hecho el esfuerzo, vengan y descansen en esta casita de pobres.

Piquigua, este pueblito, diminuto en el mapa, pero grande en el corazón, estaba dando pasos acelerados hacia las Comunidades. Más y más familias jóvenes se sentían atraídas por ese análisis de la realidad hecho desde los pobres, con la Palabra de Dios, y que conducía hacia acciones liberadoras comunes. Estábamos emocionados y queríamos que esa luz llegara a todas las casitas sembradas en las lomas, entre los cafetales.

- Nos vamos a quedar sólo un ratito, porque nos esperan en San Isidro. Venimos a avisarle de la reunión del próximo y a dejarle las preguntas que hay que contestar.

- Cómo no!. Pero pasen y descansen un poco, que la loma ha estado brava. Voy a ver si les puedo preparar cualquier cosita, mientras llega Ramón, que todavía está trabajando. Llega, se baña y merienda con Vds. Comiendo, se habla mejor y se dialoga con mayor sosiego.

- Oiga, señora Katty. Es que no nos vamos a poder quedar a merendar, porque nos esperan en San Isidro. Tenemos allí una reunión muy importante y tenemos que llegar para las siete. Ya les hemos dado el recado y nos vamos a marchar.

 La prisa. Ser eficaces. Cumplir todos los objetivos. ¿Dónde quedan las personas?.

 II

     Es lindo que hayan llegado hasta aquí el padrecito y la madrecita. Para una vez que llegan, no les voy a dejar marchar sin darles alguna cosita para comer. Parece que están muy apurados, pero para eso están mis hijos, para que les acompañen, les enseñen y me den tiempo para coger, matar y preparar la gallinita que les voy a poner.

- Fernanda!, Lucho!, vengan para aquí, dejen ya de jugar y atiendan a su mamá!.

- Aquí estamos, mami!. ¿Qué quiere que hagamos?

- Vayan con el padrecito y la madrecita, les enseñan los cafetales, el huerto medicinal, los chanchos y las gallinas, denme tiempo para que vaya arreglando la gallina para la merienda.

Lucho y Fernanda serán pequeños, no levantan dos palmos del suelo, pero saben entenderme lo que quiero a la primera. Les han dado un par de besos, les han cogido de la mano y ya les bajan a ver todo lo que hay alrededor de la casa, hasta que llegue Ramón. El, como padre de familia, también tiene que afrontar su parte para poder recibir como se merecen a estos misioneros. Entre todos, haremos que esta visita no se les olvide nunca a los misioneros. Somos pobres, pero lo damos todo!.

 - Enseñen también el camino a Nepe: por allí estará llegando su papá, para que conversen con él.

- Pierda cuidado, mami; la madrecita Yoli y el padre Juan Carlos van a ver todo lo que tenemos; se lo vamos a explicar bonito

Que vean todo, que puedan disfrutar de nuestra hospitalidad, que nos sientan cercanos, que sientan latir nuestro corazón con ellos. Todo eso vale mucho más que el tiempo!.

 III

   Ya son las cinco y nosotros estamos perdiendo el tiempo por estos cafetales, dando vueltas y vueltas. Los niños son simpáticos, pero con ellos no vamos a hacer la reunión. Yo quiero cambiar el mundo, caminar hacia la liberación de los pobres, necesitamos hacerlo rápido, ¿qué me ayuda para eso el conocer el café, el cacao, la yuca, las plantas medicinales?.

     Miro y remiro el reloj, para calcular cuánto me va a costar llegar a San Isidro y cómo hacer más rápida esta visita. Lo que tenemos que eliminar como sea es la merienda. En cuanto llegue Ramón, lo saludamos, le invitamos a la reunión y nos marchamos. Que nos sientan cordiales y cercanos, pero tampoco vamos a dejar otras cosas de hacer por estar comiendo un arroz con gallina.

 - Padrecito, venga, que por aquí está la culebra que matamos el otro día. Era grande, pero de ésas que no hacen nada.

- ¿Suele haber serpientes por aquí?. ¿No les pican?

- En estos cafetales hay cualquier cantidad de ellas, pero ya estamos enseñados. Aquí está el huerto medicinal, que cuida mi mami con las señoras del trabajo comunitario. Esta hierba de aquí cura las heridas y ésta otra es para los riñones.

A lo lejos se oye una gallina que cacarea, tratando de evitar que la coja Katty. Y es que las gallinas tampoco son tontas: no se van a acercar a deshora a la casa. Pero se ha acercado la dueña con unos granos de maíz y les ha tendido la trampa: por querer comer un poco más que las otras, una ha caído en manos de la cocinera. Ya hay gallina para los visitantes!.

     Me estoy imaginando la tarea que viene ahora: matarla, meterla en agua hirviendo para poder pelarla rápido, despiezarla y ponerla a hervir. Mucho trabajo para el poco tiempo que nosotros tenemos. Pobre gallina!, si supiera que nosotros no tenemos ninguna gana de comerla... pero Katty sigue empeñada en que no nos vamos de allí sin comerla.

     Ya tiene que estar llegando Ramón a la casa: son las seis de la tarde. Le saludamos, sacamos cualquier disculpa y nos vamos, porque tenemos que llegar como sea a la reunión de San Isidro. Sería el colmo que una gallina, una pobre gallina, nos hiciera llegar tarde a una reunión que consideramos importante.

 -  Katty!. Ya hemos visto el huerto. Está muy bonito. Trabajan Vds de maravilla. Ahora sí, ya nos vamos para llegar a tiempo a San Isidro.

-  Véale!. Ya llega Ramón por el camino. Quiere hablar con Vds despacio para proyectar los trabajos comunitarios de invierno. Siéntesen y no pongan esa cara de velocidad!.

Ya comienza a oler por toda la casa a gallina hirviendo. De esta no nos salvamos. Pues comemos lo más rápido que podamos y salimos, porque lo primero es lo primero. Hay que escuchar, atender, vivir con el pobre, pero tampoco nos vamos a eternizar en cada casa.

 IV

     Estos hijos míos son una joya. Mientras los han llevado y traído, ya está casi la gallina a punto. Cómo se van a ir el padrecito y la madrecita de nuestra casa sin probar un bocado. Reuniones hay todos los días, por cualquier parte, pero poder recibirles aquí, en mi casita, sólo pasa de vez en cuando. Los padrecitos y madrecitas son bravos, se ponen molestos, pero hay que saber darles la vuelta: nunca enfrentarse a ellos de cara; saber endulzarles bonito. Y de eso las mujeres del campo sabemos mucho. Les voy a ir hablando desde la cocina hasta que llegue mi Ramón, para mantener la atención.

 -  Madrecita!. ¿Cómo ha visto el huerto comunitario medicinal?. Hemos puesto otras plantas, no son sólo las que había la otra vez que vino

-  Ya me he dado cuenta, pero ¿ya lo atenderán entre todas?

- Bueno, ahora estamos flojeando un poquito por las enfermedades, pero enseguida nos ponemos todas a ello.

     Ya, ya, el arroz a punto y la gallina un poco cruda, pero suficiente. El plátano ya se termina de asar y sólo me falta de hacer un jugo. En cinco minutos, todos a la mesa. Iremos, iremos a la reunión del domingo en San Isidro, con la alegría de haber recibido a los misioneros en nuestra casita y haber podido darles un bocado de comida.

 - Adelante, padrecito, madrecita, ya están los platos listos. Ramón, acompañe a los misioneros en la mesa, aunque no coma todavía, porque no se ha bañado.

-  Aquí estamos, Ramón, un poco apurados, porque nos esperan en San Isidro, pero hemos esperado a que llegara Vd y a que se hiciera la gallina.

- Sírvanse, sin vergüenza, que aquí están en su casa. Y si está un poco crudo el arroz o la gallina, dispensen, porque es por el apuro que Vds le metieron a Katty.

     Ahora sí, ya se pueden marchar tranquilos a San Isidro. Yo me quedo aquí, en el campo, perdida en estos cafetales, pero sabiendo que nos quieren, que están cerca, que tienen otra manera de pensar, que su tiempo es oro, pero que lo han sabido perder hoy por estar al lado de una familia pobre, en una casita de caña.

 V

     Y ahora, de noche, a correr por estos barros, pasando estos riachuelos. Si hubiéramos bajado de día, lo haríamos con mayor comodidad y no tendríamos que empezar con explicaciones al llegar tarde a la reunión de San Isidro. Vamos tropezando a cada paso, yo que de noche no veo tres en un burro.

 - ¿Qué te parece, Yolanda?. ¿Hemos hecho bien en esperar la merienda?

- Me parece que Vd tiene que seguir aprendiendo mucho todavía de los pobres. Más vale el cariño de esta casa y la gallina que nos han brindado que todas las reuniones del mundo. Está bien que corramos, que nos apresuremos por aquí, pero no hubiera estado nada bien marcharnos sin probar y agradecer la gallina y el arroz de Katty.

- Pero es que, en nuestras prioridades, las reuniones son mucho más importantes que las visitas y las comidas.

- Pues tendremos que cambiar las prioridades, porque estar cerca de los pobres, escucharles, vivir y comer con ellos es lo fundamental para poder emprender caminos de liberación. La mucha prisa trae cansancio y no se logra nada.

   La gallina, la gallina de Katty tiene su moraleja. Correr mucho, intentar quemar etapas para hacer más cercana la liberación trae cansancio. Ir despacio, al ritmo de los pobres, escuchando y amando abre espacios a la utopía. Gracias, Piquigua!, Gracias, Katty, Ramón, Lucho y Fernanda!, Gracias, Yolanda!, porque vamos entendiendo que Dios ha revelado las cosas grandes a los pequeños.

 

 

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HACIÉNDOME LA COJUDITA

 

José Antonio Chávarri

Huaquillas, El Oro (Ecuador)

- Chuta, de nuevo tenemos espectáculo

     Es lo que pienso mientras limpio el cáliz tras la comunión de la misa de la noche; observo a la gente, todos están disfrutando como cosacos, distraidísimos, mirando hacia el lugar del santísimo. El sagrario queda a mi derecha, y justo la nariz me impide mirar, es uno de los inconvenientes de ser tuerto del ojo derecho, tienes que voltear toda la cara y torcer feamente el cuello si quieres enterarte de algo. Lo hago brevemente, durante un segundo.

- Por Dios, la gente sí que está entretenida

    Murmuro quedamente mientras repaso mentalmente lo que he visto, no es mas que una humilde señora, medianamente avanzada en edad, aunque no te puedes fiar por las apariencias, siquiera tiene sus buenos cincuenta años, está arrodillada ante el sagrario, y con una vela que tiene en la derecha se está sobando todo el cuerpo, especialmente, por lo poco que he podido alcanzar a ver, las partes que más consideramos, que dice San Pablito.

 Solito me caliento pensando que los movimientos espiritualistas están consiguiendo, en cuanto al amor por la eucaristía se refiere, hacernos regresar a las prácticas anteriores al Concilio: algunos, en cuanto comulgan, en vez de regresarse a su puestito y seguir tranquilos la misa, se acercan al sagrario, se arrodillan en el duro suelo y piadosamente enristran rezo tras rezo mientras la misa sigue su curso al margen de ellos.

 Son mis pensamientos y más me enciendo; ya es el tiempo de dar los avisos, me aclaro la garganta carraspeando, cojo el micrófono, me volteo un tanto hacia el sagrario para que los fieles estén bien seguros de contra quien van las puyas que empiezo a declamar y la emprendo contra la buena señora y lo que representa de vuelta a las catacumbas:

 - Miren ustedes, debemos acostumbrarnos a respetar la eucaristía de principio a fin, no es bueno que después de comulgar nos desentendamos de la eucaristía y nos vayamos ante el sagrario a desarrollar nuestras prácticas piadosas individuales, eso está muy bien pero hay que postergarlo para después de que termine la misa, etc.,etc.,

 Yo sigo caliente con el espectáculo que está dando la señora, ahora que me he medio volteado, veo mucho mejor lo que hace: primero se pone de pié y se acerca al sagrario, extiende la mano y hace pasar la vela por las puertas sobándolas y luego, con esa misma vela, se soba todo el cuerpo sobre todo sus partes bajas.

 A trompicones terminamos de esta guisa la eucaristía y cuando ya estoy en la sacristía desvistiéndome, sorpresa:

 - Padrecito, no sea malito, quiero conversar con usted unas pocas palabras, necesito que me de un consejo y que me confiese

 ¡Tierra trágame!, ¡la señora de la vela!. No está ni siquiera medio enfadada conmigo, al contrario, me mira con cariño y ansiosa de que en verdad le pueda ayudar con consejo y confesión, se me pasa el calentamiento con ella y le digo de buenas maneras que tome asiento y que le escucho con atención

 - Mire usted padrecito, necesito que usted me de un consejo, yo estoy bien enferma, usted me ve bien parada aquí, pero solo la cuchara sabe el mal de la olla, tengo un tumor en el útero y creo que ya se me está regando, yo le pido a Diosito que me devuelva la salud, por eso he venido a ofrecerle estas velitas para que si él quiere curarme que lo haga, pero no es de eso de lo que quiero hablarle

 - Dígame no más con toda confianza

 Mientras habla y desgrana sus males físicos y espirituales me miro por dentro analizándome y me doy perfecta cuenta de cuán imbecil soy, desde mis tonterías litúrgicas yo juzgando y condenando públicamente a esta señora por su mal comportamiento litúrgico, y lo que la señora necesita es salud y escucha, en fin, si antes el rostro se me encendió de ira, ahora el calor que siento en la cara es sólo la vergüenza del arrepentimiento

 - Es que mire, padrecito, yo me gano la vida rebuscando entre la basura, ahora me ha dado posada una señora por la vía a La Guada, cerca del basurero, y vea usted, sospecho que ella me enreda en mis cosas, ella mismo cuando me dio posada me dijo:

 - Aquí puede usted dejar todas su cosas que nadie la molestará, y aquí tiene un candado para que pueda dejar enllavada su pieza

 Eso me dijo, padrecito, pero la verdad es que yo las cosas que tengo siempre las encuentro medio revueltas y sospecho que es ella, claro que no tengo muchas cosas y lo que encuentro en la basura apenas vale, pero son mis cosas y me da sentimiento que me estén rebuscado a mis espaldas

 - ¿Y cómo sabe usted que es esa señora, la que le dio posada, la que le enreda en sus cosas? Parecería que la señora es de buenos sentimientos, si le ha dado posada, no es para que usted ande sospechando de ella

 -Ah padrecito, pero es que usted no conoce todo, verá, el otro día me invita a ver televisión, la casa no es grande, apenas su pieza y la mía, y la televisión está en su pieza, así que estábamos sentadas en su cama porque no hay otros muebles, y ella medio tumbada, veo que está embobada mirando la novela, y de pronto observo que tiene en la mano una piolita y algo atado a ella, ¡chuta, padrecito!, me fijo mejor ¿y a que no sabe usted lo que tiene atado a la piolita?

 - Sí, sí, dígamelo

 - Una llave, sin darse cuenta de lo que hace por estar viendo novelas está jugando con ella, y zás, pensé en ese instante: Esa es la llave del candado de mi pieza.

 Y padrecito, ¿qué cree que pude hacer en ese rato?. Nada, porque ¿a dónde me voy si peleo con ella? Sólo tengo un hijo que vive por el Oriente y ni siquiera sé muy bien su dirección y yo enferma, así que ahí estaba yo, sentadota en medio de la cama, haciéndome la cojudita, padrecito, sin darle a entender que ya le había pillado con la llave del candado de mi puerta.

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UNA BELLA HISTORIA DE AMOR

 

Pili Larizgoitia

Quevedo, Los Ríos (Ecuador)

                 

    Estaba la mañana desperezándose, todavía se encontraba cubierta la cima del Chimborazo de una niebla que no dejaba ver toda la majestuosidad de sus nieves. La noche estrellada había dejado paso a una mañana llena de nubes donde el sol quería abrirse camino para extender sus rayos y dar calorcito a la tierra de la Comunidad San José, tierra ambateña en la cual me encontraba.

 

     Estaba haciendo la misión en la provincia de Chimborazo con Rosita. Cada día nos venían a buscar para darnos el desayuno, el almuerzo y la merienda en diferentes casas de la Comunidad. Aquella mañana vino una señora a buscarme a mi sola, Rosita había tenido que dar una vuelta a la casa y no iba a regresar hasta la tarde, yo había quedado en ir a casa de la catequista, Betty, a echar una mano en los preparativos de la boda del hermano mayor, que celebrábamos al día siguiente. De repente me encontré sentada en una mesa con un tremendo desayuno a mi disposición. Nos encontrábamos ya en los últimos días de estancia en la comunidad. Las familias, como siempre, habían sido generosas y estábamos muy bien alimentadas, así que ya me encontraba con un medio empacho de tanta comida. Me disponía a degustar despacio aquel desayuno completo y comenzamos a conversar de la boda del día siguiente y de lo jóvenes que eran la pareja. Se creó entre las dos un ambiente muy cálido y cercano, yo estaba a gusto, disfrutando de su conversa y empezó a contarme una bella historia de amor, que era su historia.

 

    Betty y su marido habían nacido en aquella Comunidad y se habían enamorado pero la familia de él no quería que se casasen, le habían encontrado ya otra señorita más acorde con su condición económica y social. Betty no quiso interponerse y se fue a Quito a trabajar en casa de un médico con su señora, en las labores del hogar y cuidando a los hijos. Ella prácticamente no salía de la casa a divertirse, lo único que hacia era trabajar. Pasaron algunos años y en unas fiestas de Quito, la señora de la casa la animó a salir a pasear con alguna amiga. Se dirigieron a la Plaza de Toros de Quito que había fiesta y al bajar del autobús vio a su antiguo enamorado, ella seguía queriéndole, y se pegó tal susto que quiso marcharse a casa pero le animaron a que se quedará. Él también la vio al momento y se dirigió hacia ella. Le contó cómo sus familiares le habían hecho casarse con la otra señorita pero que la dejó porque la quería a ella. Las personas de la Sierra tienen la costumbre de casarse primero por lo civil y luego por la iglesia. Sólo se había casado por lo civil con la otra señorita. La había buscado y al fin se habían encontrado. Se casaron y volvieron a la Comunidad San José.

 

    En todos los años que llevaba de matrimonio él había sido celoso, borrachoso, había estado enfermo, etc. Betty le había ayudado a superar todo. Cuando venía borracho, ella le hablaba y le hacia ver que ése no era un buen camino para él y que no era un buen ejemplo para sus hijos e hija. Cuando cayó enfermo, le ayudó a superar la enfermedad y a que dejará la bebida que era lo que le había llevado a la enfermedad. Cuando le venía con celos, ella le quitaba de la cabeza esos cuentos que le metían los vecinos que no les querían. Ahora Betty decía que él había cambiado. Tenían tres hijos, dos varones y una mujercita y ella les conversaba sobre la vida, sobre la necesidad de no casarse tan jóvenes y de casarse con la persona querida.

 

    Betty era el soporte, el pilar de aquella familia como tantas mujeres ecuatorianas y latinoamericanas y me lo estaba contando con una sencillez apabullante, ellas han nacido para eso, para amar, aguantar, soportar, sostener, dar ejemplo, ayudar, reprender, etc. Cuando estoy escribiendo este relato lo tengo tan fresco como si hubiera ocurrido ayer, yo enfrente de ella en su cocina, ella, de vez en cuando, animándome a seguir comiendo, yo embelesada por su testimonio, admirándola en ella a todas, acordándome de todas, disfrutando de su compañía, sintiéndome unida con ella a todas esas mujeres valientes y fuertes que con su trabajo y con su estar con los varones y con las familias sostienen las comunidades cristianas y en definitiva sus países. En el abrazo que nos dimos al despedirnos, estaba abrazándolas a todas, agradeciendo todo lo que han compartido conmigo y todo lo que me han enseñado en el tiempo que he pasado en Ecuador.

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